La tarde en la habitación ajena

La mujer con el traje de espantapájaros yace boca arriba en la cama. Sus piernas descansan sobre las sábanas blancas. El hombre, de rodillas junto a ella, inclina la cabeza. Sus labios tocan la piel de su nalga. El contacto es un movimiento único, preciso. La mujer no se mueve. Su largo cabello oscuro se esparce sobre la almohada.

A la una en punto

Ella gira el cuerpo sobre la cama. El movimiento es lento, deliberado. Termina boca abajo, la cabeza vuelta hacia la ventana. La espalda queda expuesta, un lienzo de líneas y sombras bajo la luz.

El hombre se incorpora. Se sitúa sobre ella, arrodillado, sus piernas a los costados de sus caderas. Su figura se recorta sobre la blanca cabecera de la cama. Permanece inmóvil un instante, suspendido.

Un hombre besa las nalgas de una mujer que está acostada boca arriba

A las tres y cinco

La mujer que estaba boca abajo, la de los cabellos oscuros y el piercing, gira sobre sí misma. El movimiento es lento, una torsión completa que termina con su espalda contra las sábanas. Su rostro queda vuelto hacia el techo, los brazos se acomodan a los costados del cuerpo. El hombre, que se mantenía de pie junto a la cama, se inclina sobre ella. Su torso forma un arco que proyecta una sombra sobre el blanco de la ropa. Se apoya con una mano a la altura de su hombro.

Ella levanta una mano y la posa en el brazo del hombre, justo donde la piel desaparece bajo los trazos oscuros de sus tatuajes. Los dedos no se cierran, solo reposan allí. Él baja aún más la cabeza. La distancia entre sus rostros se reduce hasta desaparecer. Sus cuerpos, sin embargo, no se tocan en ningún otro punto; un espacio de aire los separa desde los hombros hasta los pies.

Ese equilibrio dura lo que dura una respiración profunda.

Él endereza la espalda, rompiendo la línea curva que los unía. La mano de la mujer se desliza de su brazo y cae de nuevo sobre la sábana. La brisa que entra por la ventana mueve levemente los pétalos de las flores en la vaso de la mesilla. Nadie mira hacia allí. La atención permanece en el centro de la cama, donde la mujer yace de espaldas y el hombre se yergue, ya no inclinado, sino preparándose para el siguiente movimiento que aún no llega.

A las cuatro y ocho

La puerta se abre sin ruido. La segunda mujer entra en la habitación. Su silueta, idéntica a la de la mujer que ya está en la cama, se recorta contra la luz del pasillo antes de que la puerta se cierre a sus espaldas. Lleva el mismo traje de espantapájaros, los mismos calcetines a rayas. Su cabello oscuro cae sobre sus hombros. Cruza la alfombra con pasos seguros, casi silenciosos. La escena en la cama no parece alterar su ritmo. El hombre, inclinado sobre la primera mujer, no interrumpe su movimiento. Su llegada no es una interrupción, sino una llegada. Un elemento más que se suma al espacio.

Se detiene junto a la cama. Mira. Luego, se súa en el borde del colchón, cerca de los pies de la primera mujer. Su peso hunde ligeramente la superficie. No toca a nadie. Sus manos descansan sobre sus propios muslos, sobre la paja áspera del disfraz. Permanece allí, observando. La primera mujer vuelve la cabeza hacia ella, un giro leve. Sus miradas se encuentran por un instante. No hay sorpresa, sólo un reconocimiento. Un cambio de aire en la habitación.

  1. La puerta de la habitación se abre.
  2. La segunda mujer entra.
  3. La mujer cruza la habitación hacia la cama.
  4. Se súa en el borde del colchón.
  5. Sus manos reposan sobre sus muslos.
  6. La primera mujer vuelve la cabeza hacia ella.
  7. Ambas se miran.

El hombre se endereza. Su postura sobre la primera mujer cambia. Ya no está tan inclinado. Su atención, antes concentrada en un solo punto, ahora se divide. Mira a la recién llegada. El triángulo se completa. Los papeles, hasta entonces claros, empiezan a difuminarse. El siguiente movimiento será del hombre. Se recuesta sobre la espalda, y la primera mujer se moverá para montarlo. Pero ese instante, el de la llegada, pertenece a las dos mujeres y a su silencioso entendimiento. La quietud dura apenas un minuto, pero redefine todo lo que sigue.

A las cinco y diez

El hombre se recuesta sobre la espalda, en el centro de la cama. La mujer con el traje de espantapájaros se desplaza y se sienta sobre él, de frente, hundiendo el colchón.

Un mismo eje

Sus cuerpos se alinean en un movimiento lento y medido. Él permanece quieto, con las manos a los costados. Ella se balancea con un ritmo constante, sus largos cabellos oscuros rozando sus propios brazos. La otra persona en la habitación observa desde el borde de la cama.

Los minutos pasan con esa cadencia. La respiración del hombre se hace más audible. La mujer no altera su movimiento; sus piernas, enfundadas en los medias a rayas, permanecen flexionadas a sus lados.

Cambio de posiciones

Entonces, la segunda mujer se levanta del borde de la cama. Sin prisa, se acuesta sobre la espalda junto al hombre, hombro con hombro. La madera del cabecero blanco queda como un fondo inmóvil detrás de sus cabezas.

La mujer que estaba sobre el hombre se detiene. Mira a la que acaba de tumbarse. Luego, de un solo movimiento, gira sobre sí misma y se coloca de rodillas, enfrentando a la recién llegada. El hombre queda entre las dos, su torso descubierto sobre las sábanas.

Qué hacía ella Qué hacía él
Se sentaba sobre él Permanecía recostado
Mantenía el balanceo Respiraba profundamente
Observaba a la otra Cerraba los ojos
Giraba sobre sus rodillas Abría los ojos
Se posicionaba frente a la otra mujer Quedaba inmóvil entre ambas
Inclinaba la cabeza Volvía la cara

El aire en la habitación parece espesarse. Nadie habla. El triángulo de cuerpos sobre la cana sostiene un silencio cargado, solo roto por el sonido de la tela al moverse. La luz de la ventana ilumina el polvo que cae lentamente.

Un hombre está de pie sobre una mujer que yace boca abajo

A las siete y cuarto

Ella se sienta a su lado. La mujer de pelo largo y piercings se desplaza hacia el centro de la cama y se coloca sobre el hombre, que permanece tumbado boca arriba. La otra mujer, la recién llegada, observa un momento. Su cuerpo gira sobre el colchón, buscando un ángulo. Luego, con un movimiento fluido, se sienta también sobre él, junto a la primera. Sus caderas encuentran su lugar a su lado. Los cuerpos de las dos mujeres, idénticos en sus trajes de paja y sus medias a rayas, se balancean con un ritmo sincronizado. Sus espaldas se arquean, sus cabellos oscuros se mezclan.

El hombre permanece inmóvil. Sus manos, cubiertas de tatuajes, yacen abiertas a los costados. Su mirada se desplaza de una a otra, sin prisa. La atmósfera en la habitación cambia. El aire se hace más denso. Las figuras en el espejo del armario repiten la escena, multiplicando los movimientos.

Si se quiere más en esta línea: pornoxxx.

El balanceo cesa.

Una de ellas, la primera, apoya una mano en el pecho del hombre. Es una señal. Las dos se deslizan hacia atrás, dejando espacio. El hombre se incorpora. Las tres figuras se reorganizan. Se arrodillan las tres sobre la cama, formando un círculo fugaz. El hombre en el centro, las mujeres a sus flancos. Sus cuerpos se inclinan unos hacia otros. Las manos buscan las cinturas, los hombros, las nucas. Es un instante de quietud precaria, un equilibrio momentáneo antes del siguiente movimiento. Las cabezas se juntan, las frentes casi se tocan.

El grupo se deshace. La segunda mujer se gira lentamente y se tumba boca abajo sobre las sábanas deshechas. La primera hace lo mismo, colocándose a su lado. El hombre se mueve entonces. Se inclina sobre la que acaba de tumbarse, cubriendo su espalda con su cuerpo. Su sombra se proyecta sobre la tela de su disfraz.

Minutos once

La mujer de cabello largo y tatuaje en el brazo se encuentra boca abajo sobre la cama. Su cuerpo se hunde levemente en el colchón. El hombre se coloca sobre ella. Su peso la cubre por completo, fundiendo las líneas de sus siluetas. Los brazos del hombre, marcados con tinta, se extienden a los lados de su cuerpo, y sus manos se posan sobre la sábana blanca. La mujer parece más pequeña bajo él.

Junto a ellos, sobre el mismo costado de la cama, la otra mujer se acomoda. Se tiende sobre el abdomen, girando la cabeza para que su larga melena oscura se esparza sobre la almohada. Su brazo, que también muestra un tatuaje, descansa cerca del de su compañera. No hay contacto entre ellas; la proximidad es lo único que las une en este momento.

Los tres permanecen inmóviles. El hombre no se mueve sobre la mujer que tiene debajo. Ella no ajusta su posición. La respiración, si existe, no altera la quietud de sus dorsos. La luz del día entra por la ventana e ilumina el blanco del cabecero y el borde de la bañera. Los colores de las flores en la mesilla de noche se mantienen vivos e invariables.

Nada cambia durante un largo minuto.

El tiempo en la habitación se detiene, fijado en la quieta geometría de los tres cuerpos sobre la cama.

Contact Us Now

Download Contact Form